José Landa

Literatura, periodismo y artes visuales

Obra literaria

Tribus de polvo nómada

Fragmentos

JOSÉ LANDA

   

El movimiento veloz que agita el mundo no se oye sino andando.

LAMENNAIS.

 

No existe un instante preciso en el tiempo que subyazca al movimiento de un objeto.

PETER LYNDS

(“El Tiempo y las Mecánicas Clásica y Cuántica: Indeterminación vs. Discontinuidad.”)

 

Vivir es caminar breve jornada,

 y muerte viva es, Lico, nuestra vida (…)

Nada que, siendo, es poco, y será nada

en poco tiempo, que ambiciosa olvida (…)

            

QUEVEDO 


(…)

Las conversaciones telefónicas tienen un dejo de mentira.

Las conversaciones telefónicas tienen memoria

de pájaro en el alambre, de sordo pájaro

que a penas oye el ronroneo de un viento ajeno a marzo.

Las conversaciones telefónicas tienen memoria

de pájaro in memoriam.

Las conversaciones telefónicas se prolongan por un hilo de nada

que cuelga de una imaginación a otra.

Las conversaciones telefónicas ni vienen ni van, se quedan

para siempre en el oleaje gris de una tarde nublada

y se estacionan en un hasta nunca, presas de espirales

que teje el tiempo con su cabellera lacia.

Las conversaciones telefónicas inventan frases

que las propias conversaciones no comprenden.

Las conversaciones telefónicas embrumecen los parques:

las casetas de teléfono tienen hoyos negros

por donde se cuelan el pasado y el futuro, trenzan

con el lenguaje cables de alta tensión,

palabras que chispean e incendian un barrio, asesinan

cuerpos de jóvenes amasios entre los arbustos.

Tener memoria de pájaro es bueno para una conversación telefónica que duele en lo más hondo de las Trompas de Eustaquio. La memoria de pájaro es un pretexto para fingir demencia, un aliciente para que niños vespertinos lancen al vuelo sus palabras. Una dosis de memoria de pájaro es buena para quienes no pueden dormir, y amanecen a diario frente a la ventana de sus cuerpos, a la espera de Ulises. El olvido es una forma de libertad –dicen que dijo un hombre que no supo olvidarse de la forma. Matar el pájaro, puede ser la manera de liberar su memoria, dispararle con una escopeta, derribarlo con un tiraulazo, ponerle veneno en el alpiste que llega a comer todas las tardes junto a las bancas del jardín. Pero sobre todo, disecar al pájaro con memoria de pájaro, después de balacearlo, es eficaz para ambular toda la vida con memoria de pájaro.   

(…)

Sobre los cables del teléfono y la electricidad,

riela el pasado: equilibrista a punto de caer  que sin embargo

permanece, se mantiene con una vara de Hermes alada,

equidistante, entre los puntos que separan el cablerío

del andamiaje de un edificio siempre en construcción.

Bajo sus pies desnudos nunca dejan de pasar la luz y las palabras,

la una oscura y la otra silente, pero ambas

más allá del santo que terminó creyendo sin ver.

Es este equilibrista de eterno movimiento el que se va,

y no obstante queda en algún rincón del ahora

que deja sus plumas de tordo o paloma gris, colgando de los cables,

su estiércol de semillas que ya no fructifican

–que se electrocutaron, se volvieron estériles

al amor y la vendimia de caricias

 

Dos cables son dos puentes entre lo que se tiene y lo que se fue,

en sitios donde perder el tiempo está prohibido:

es mejor ahogar un atardecer pretérito

que una mañana donde revoloteen palomas mensajeras,

sordas a cualquier voz del porvenir.

 

Viaja la voz –no tu voz, nuestra voz

de la memoria y los augurios venideros–

con boleto de primera clase, por esos largos tramos

de 21 millones de terminales sujetas a los postes, que le hacen

mantenerse con los pies en la tierra, al menos por instantes,

cuando el tren de la electricidad metafórica,

tal vez el cohete inédito del sonido, hacen cambios

de conductores, astronautas, a velocidades

que apenas el silencio puede registrar.

 

Habríamos de ponerle colores a los instantes

por donde viajan las palabras,

en esas interminables líneas misteriosas

que hablan sin sonar, que iluminan sin ser vistas.

Instante uno azul.

Instante dos amarillo.

Instante tres rojo.

Y así en lo sucesivo.

Allí puede viajar este discurso de mentiras

capaces de evocar personajes –por cuya lejanía llora el viento–,

o inventar sin pudor en estas páginas

paridoras de tantos citadinos solitarios, amargos,

tumultos donde nadie se siente satisfecho

y el amor es ficción que un día edificamos

para hospedar naufragios. 

 

Por eso el mar tiene sentido. Por eso el barco y su tripulación,

no el destino. Por eso el vuelo, no la distancia.  También la carretera,

la vía ferroviaria partida ad infinitum por el viaje. Por eso el aire,

no las alas.

(…)

El agua de pronto hace uso de la palabra,

del lamento cuando recorre las arterias carótidas

de esta ciudad enferma, al borde del colapso.

Empuja fuerte por cada tramo que recorre, a su marcha

estropea muros y suelos de un futuro que ya pasó a la historia,

arremete con fuerza de toro

contra las tablas de este rodeo vehicular

donde la histeria de los hombres se confunde con el ronquido

de la breve inundación por calles y avenidas.

Afluentes que braman con violencia, presionan cristales

de tiendas como en una vendimia de temores,

fluye el coraje pasajero del navegar de un septiembre sediento,

da de beber a bocajarro tempestades interiores

a mujeres y adolescentes que se deshacen cuando les moja la soledad,

como si fueran estatuas de sal.

La tempestad desborda muros de contención

en cada uno de los cuerpos que estructuran el esqueleto

de esta amarga ciudad,

rompe diques, tablas de cada ley para insomnes,

viola cerraduras de baúles

que atesoran familias diestras en el arte de fingir

tardes alegres.

Si por casualidad un automovilista

desciende para huir del embotellamiento de pesares anónimos,

el agua lo arrastra, hasta el final de una calle que desemboca

en un cementerio espontáneo para los prófugos del caos.

Nadie puede escapar del laberinto de agua.

Está dicho que nadie puede escapar de la furia del temporal.

Está dicho que nadie puede escapar de la furia.

Está dicho.

 

Y el agua terca, insiste en perseguir almas en pena,

embotellar la ciudad como para arrojarla al mar

con un mensaje de auxilio dentro.

El agua perversa dice purificar y sacrifica,

acorrala hombres que se niegan a morir sin público,

canaliza pecados hacia el drenaje pluvial,

esos pecados, en cuya ruta,

se cubren de maleza viajera de los cerros,

cúmulos de arrepentimientos

que se diluyen junto a las puertas de casas y comercios,

fetos que se negaron a ser cómplices del ahora,

deseos insatisfechos, turbas muertas de insultos que se ahogaron

en la garganta,

penitencias, argucias, incluso brujerías.

 

El agua mentirosa de lejos viene.

El agua mentirosa lejos va.

El agua mentirosa que embotella la ciudad náufraga,

la arroja al mar con un mensaje escrito en el idioma del caos.

(…)

Una gota de tiempo cae sobre la hoja pétrea de un detalle arquitectónico, se desliza hasta el tronco del árbol genealógico de guerreros de la cotidianidad, venidos a menos, a sabandijas ocultas en los rincones de edificios antiguos, huéspedes tradicionales de las alcantarillas donde desembocan miedos y obsesiones de gente moribunda.

Nada que vaya en contra de los reflejos deformes, en esta casa de espejos –abierta a todas las miradas, a todos los inquilinos–, puede atravesar la calle sin temer por su vida. Es preferible una malformación en el ánima del never more y beber del arroyo que fluye en las comisuras de los bulevares, para no caer en el arrepentimiento posterior al refrán: de esta agua no tomaré. Es preferible, dicen los que dicen que saben de supervivencia, enlodarse hasta el tuétano, sabandijarse, nadar como pájaro con cabeza de cerdo en el pantano. Eso permite atravesar una calle y no sucumbir en el intento.

En cada paso, los instantes se multiplican mejor que las cucarachas –el alimento primordial en la imaginación de un futuro pasado–.

Primero una gota de tiempo. Un paso en falso. Luego otra gota. Una carrera para no ser aplastado por el trolebús. Después un aguacero que golpea cajas de resonancias memoriosas, cráneos de edificios, automóviles, motociclistas.

Una gota puede ser un aguacero. El aguacero un diluvio. El diluvio una mentira para recomenzar siempre, a cada paso.

(…)

Atrás de una gran calma, cuentan,

viene una gran tormenta. Si por ejemplo,

vemos la calma chicha, muy trucha

en eso de nadar a contracorriente –librando a empellones

los golpes del agua contraria,

surcar su propia ruta, defenderla a aleta partida–

es por culpa de la calamidad siempre con camuflaje de ternura,

es decir: no es porque sí.

 

Se vale aclarar en esta turbulencia con disfraz de arcoiris,

que nada hay porque sí.

Los arroyuelos con hileras de gasolina,

al final de la lluvia en las comisuras de las avenidas,

odian el porque sí.

Los fetos recientes del olvido, tanto

como los cadáveres enamorados de su extravío,

cuando salen a flote con la tempestad,

nada odian más que el porque sí.

Aquellas mujeres-cáscaras de nueces vacías,

sacerdotisas de la humedad y el musgo

vivo en sus corazones todo el año,

arrojan maleficios a diestra y siniestra, maldicen

el descaro del porque sí.

Las almas de los muertos que pueblan el olvido,

cuyos huesos tapizan el suelo de las fosas comunes,

tienen pesadillas, en cada amanecer –hasta el reinicio

de los tiempos–, donde luchan a vida contra un porque sí.

El insomnio y sus fantasmas. La madrugada

y sus días desiguales. El mar muerto. El infierno sin inquilinos.

El cielo y su gran despeñadero de cabeza.

La calle y el día. Amón devorándose a sí mismo.

El autobús y el viaje. La flecha y el blanco. Quetzalcóatl

en franco diálogo con Tezcatlipoca.  

El sol que muere diario.

Odian, a muerte, todos los porque sí.

(…)

Porque, si por ejemplo, nos confiamos

de la calma encarnada en esa joven pareja,

en cuyos besos crea mundos paralelos,

detrás, viene su contraparte, su aluvión de soledumbres.

 

Cuando termina la borrasca,

la quietud es una casa de espejos, un lago de mentiras

en el techo de un centro comercial. 

Nadie confíe en ella.

La tormenta no acaba con encender las luces

en los camellones de los bulevares periféricos,

no desaparece con una señal bíblica de siete colores

al fondo de los edificios carcomidos por la rutina.

 

El reposo, suele traer consigo un baúl lleno de avispas

que al primer zumbido del verano

salen a picotear los ojos del futuro, a ensordecer

la ciudad, clienta compulsiva del válium.

 

Si un vecindario se transfigura de espejos.

Culpa de la quietud.

Si una estatua refleja historias imposibles.

Culpa de la quietud.

Si la ciudad confunde el oriente con el poniente.

Culpa de la quietud.

No importa si la tarde, hecha toda de ámbar,

construye muros altos como para esconderse

de los torbellinos, y hace creer a la gente

que es capaz de vencer a la noche con mayor intensidad

de obsidiana y amatista en su armadura.

Miente. Su cuerpo, de una fragilidad

digna de acariciarse apenas con la mirada, caerá

en cualquier momento, donde

cualquier momento puede ser siempre y todas partes.

 

Acumular mentiras entre los pliegues de su ropa

es un don de la serenidad,

exhibe por las calles su aspecto anacoreta

con las manos enlazadas al frente,

en su camino las palomas

zurean vaticinios para sordos.

Allí va, su serenísima falsedad, ignora

los cuatro colores del semáforo: verde, amarillo y rojo,

camina si le ordenan se detenga,

se detiene al presentir empellones

capaces de mandarlo a ras de suelo.

Ya están aquí los tiempos que no eran,

cuando dijeron  vendrían los visionarios

a morir de sus ficciones,

falsos profetas en la vendimia de fantasías,

mercaderes lejos de Venecia.

No les crean. Está escrito

que no les crean que está escrito. Está dicho:

no digan que está dicho. 

 

¿Quién les compra una mentira

para su consolación,

quién les compra una mentira

en forma de cascarón?

 

Pero dicho sea de paso, mejor pasemos

a otra esquina de este laberinto con rostro de ciudad,

en tanto los misterios bajan más allá de las alcantarillas,

se ponen cómodos en los ductos subterráneos,

y la madrugada encarna en cuerpo andrógino,

maquilla la sonrisa,

viste ropa de luces, contonea

su cuerpo entre automóviles y finge una mirada de placer.

(…)

Hetaira sabe. Hetaira enseña. Finge.

Goza no gozar el gozo.

Aunque su esencia es el olvido como un ave de dos mil alas,

recuerda: el amor es el gusto por la prostitución.

No besar con el alma si aún late adentro.

No amartillazos de amor acariciar. –Invita.

No verter el deseo más abajo de la piel en serio, sino en serie,

casi un disfrute democrático,

que gobierne los actos de cada quien minuto a minuto

del tedio de su vida.

Le llaman Aspasia, dueña de una lengua fugaz.

Le dicen Lais de Corinto, cuerpo de muchos fuegos.

Le dicen Hetaira de los Ángeles. Dulce Hetaira. Hetaira Magdalena.

Silvana Hetaira.

Es, aun sin quererlo: esta madrugada, el mirar de un insomne

que atisba en los balcones del pasado.

 

Su nombre se dice ruido de cascabel.

Tambores de una guerra para sus seguidores

que reinventan la memoria del Peloponeso.

 

Ningún dolor permanece en su cuerpo,

sus manos son el tiempo encarnado en placer. 

Si hablara su talle, donde se curva el tacto del viento.

Si al menos murmurase.

El mundo perdería su castidad de sibarita mentiroso.

Se abrirían baúles rebosantes de secretos.

 

Mensajera entre dioses hedonistas.

Reina de los pecados, dueña de paraísos corporales

donde el deseo encuentra templo.

 

Tiene mil apodos en la cartera, uno para cada noche,

uno para cada boca que lo pronuncie.

También se llama Hetaira De Mil Nombres.

Se llama La Malquerida. La Solebunda.

 

Da vuelta en la esquina del bulevar,

recorre las calles como esa mano

que circula noche a noche en sus glúteos,

dobla por la cintura sin respetar señales de tránsito,

no entrega tarjetas de presentación

ni porta licencia de conducir.

Mas Hetaira no repara en pequeñeces,

es sorda a labios necios que pretendan

grabarle nombres,

yegua bronca ante cualquier tacto que aspire

a sellar su piel con tatuajes como firmas.

Su aliado es el silencio,

también el signo de interrogación

que dibuja en su piel, con tinte de saliva,

el delicioso anonimato.

 

Con un poco de suerte, podrá recuperar

castillos y dominios, cofres repletos de oro

que en otras eras alumbraron sus pupilas.

Glorias tendrá, guerreros a sus pies,

políticos, artistas, comerciantes,

una ciudad que venere su cuerpo

mientras surge del agua rodeada por las Horas

y el albor de las espumas de Neptuno.

 

De momento, Hetaira se consuela

con la sensación de libertad que otorgan estas calles,

mira sobre su hombro, por si acaso el parpadeo

de algún auto cercano le indicara

su futuro inmediato.

El automovilista se detiene, el potro de veinte lunas –que bufa, le relincha con desesperación bajo su pelvis– palpita como esa luz intermitente del automotor, que anuncia su detenimiento a cualquier noctámbulo que lleve la misma ruta. Unas sombras disimulan el encuentro. No soy Friné, pero puedes llamarme de tal modo –habla Hetaira en el idioma de la oscuridad, la oscuridad cómplice de su vendimia. Para sentir placer en los placeres oscuros, invocan a Friné. Para poner en marcha el automóvil, la gasolina es Friné. Los hoteles son labios que invitan a no dormir. Para entrar en esos labios, la llave es el nombre de Friné. Para que llueva en la gruta de su entrepierna, para que el mundo calle sus ruidos de borrachos en la calle, mientras el aguacero corporal inunda la habitación, el hechizo es Friné. Para salir con vida del naufragio en el tálamo, matar la soledad con un aguijón venenoso, y resucitarla cuando los amantes hayan firmado el pacto de su fugacidad, basta memorizar, por un instante –no más–, los secretos a voces de Friné.

Hetaira comparte su oficio de llama con múltiples lenguas. Su voluntad: arder y hacer arder. Políglota en los idiomas del deseo, enseña a conversar con visitantes de otros lares a jóvenes efebos. Desde sus primeras lecciones, ellos deben aprender las bondades del olvido y hacer suya una ley vetada por la imprenta: el amor es el gusto al meretricio.  Cada uno se asume encarnación del amor condicional.

–Del amor soy el ángel y su vuelo, el pecado y su purgatorio. En mi espada hallan la dicha inmemorial de los placeres mudos, el aliento de una flor enferma de belleza que nace mientras muere –recitan.

Así van por allá, muy dueños de su acá, Estesileos anónimos,  orgullosos de sus espadas que la noche abrillanta, sus glúteos –lomas cercanas pese a la lejanía– donde la luna es moneda con muchas caras.

–En mi espada hallan la dicha inmemorial de los placeres mudos, el aliento de una flor enferma de belleza que nace mientras muere –repiten.

Corazón Fornicario danza un ritual en el tablado de la urbe. Erige su propio templo cada vez. Hieródulo en los santuarios de la madrugada, inventa el noamor como una técnica de supervivencia, en este imperio asolado por las batallas cotidianas contra la soledumbre.

Matador que declina pinchar al toro, Corazón Fornicario envaina la espada de su sexo, obedece al amo que le ordena sacrificar los nichos ocultos de su cuerpo y se entrega, sin objetar, al victimario que invoca a un dios pagano de níquel y de cobre. 

En lo profundo de su desnudez, viaja un río de lava, esperma de volcanes en busca de amoríos fortuitos con Pompeyas  y Herculanos.   El legado de Hetaira: arder y hacer arder.

En sus encuentros, Corazón Fornicario comparte con el amo un mismo dios, hecho de bronce a veces, otras de cobre y níquel, eventualmente lleva trajes de plata y oro. De repente, la historia del sacrificio invierte el método, el esclavo se torna hierofante, mientras el hierofante se sacrifica a manos de Corazón Fornicario, que desenfunda el arma y penetra su cuerpo.   

Un colibrí muy joven punza dentro el pecho, aletea, zumba la oración de los Estesileos. Le recuerda: en tu espada se halla la dicha inmemorial de los placeres mudos, el aliento de una flor enferma de belleza que nace mientras muere.

Corazón Fornicario entonces anda. Vuelve al teatro fugaz de esta ciudad alterna en que es posible: reinventar los caminos y los viajes, invertir los papeles y los ritos, devorar madrugadas como días en que el aire es perfume de palacios que sepultó el olvido.

El rumor de las calles ruboriza

a quienes no las expían desde la calle misma,

en cambio proponen orificios

para ver mientras las cosas pasan,

muy a su propio andar,

paralelas a casos que suceden

una-y-otra-uno-y-otro, de modo interminable.

Y se vuelven aliados de tal forma

que una cosa sin caso, destantea los ojos que les oyen,

los oídos que inventan una imagen.

 

Ciego murmullo de ciudades portuarias 

Selección

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Un vaho invernal

(Segunda variación de la neblina)

Cuatro continentes heridos en mi pecho.

Creía que conquistaría el mundo.

Muhammad Al-Magut

 

Hay un vaho invernal que nos envuelve,

que seduce, que invade los caminos

del ayer y el mañana

como si todo el año fuese un mismo diciembre.

 

Hay demasiado invierno en los caminos

del tiempo, de la tierra,

como palabras y conversaciones.

 

Digamos, pues, que el mundo,

está comunicado

por partículas de aire, por silencios y ruidos

que mataron Babel, 

por un aire que va más allá de los puentes

que apenas se distinguen a lo lejos

cuando se viaja en tren,

y se olvidan las calles, la rutina

de la humedad y el polvo en los rincones

de los días aciagos cuando todo es estático

pese al gris movimiento de ciudades

que devoran la calma de la gente.

 

Hay demasiado invierno en los caminos,

para el calor que adentro nos enciende

como lámparas viejas que arrinconó el otoño.

Subimos a los trenes,

aliados contumaces del destino,

y puede que viajemos paralelos a riberas de ríos

que son hijos de Heráclito el desnudo de instantes,

de relojes que apresen su espíritu de nómada.

 

Sopla el vaho del viaje contra las ventanillas,

empaña los cristales del ahora,

del ayer y el mañana de este desplazamiento,

alza efigies de polvo en la trastienda

del cuerpo, los sentidos

que madriguera son del pensamiento.

 

También digamos que en este trayecto,

vemos hordas de imágenes y huellas,

repúblicas enteras de sonidos

que anidaron por mucho entre la ropa

y se afianzaron fuerte al equipaje

de la memoria nuestra.

 

Muy a pesar de todos los vigías

que recorren adentro los pasillos,

y estaciones afuera,

algo que soslayamos nos detiene

y entonces otra gente se aprovecha

para sumarse pronta

al tráfico infinito de este tren

que alguien imaginó como una flecha

en busca de algún blanco misterioso

más allá de los días y las horas

que secuestran ciudades y azuzan a viajeros

detrás de nuevos rumbos que inventar.

 

Hay un caos que impera en cualquier estación 

de ese mundo agorero,

donde bajan y suben los viajantes

del inminente invierno que invade al porvenir.

 

Sobra decir la luz,

mejor decir la bruma, las preguntas

de futuros arcanos

que aguardan más allá del horizonte.

Es preferible entonces un poco de neblina

que ilumine este invierno cuyo vaho

humedezca el azar de la mirada,

sus placeres y miedos en caminos extraños

que se vuelven moneda cotidiana.

 

El estupor recorre nuestras venas

como rieles del tiempo.

Atisbar hacia adentro no nos libra

de tocar el afuera

como la piel de vírgenes lloviznas.

 

Entonces el lenguaje, los sentidos,

tejen un hilo que durante el día

enreda al universo, y por la noche sirve

de Lazarillo torpe que les indica búsquedas

–tal vez interminables, absurdas inclusive–,

sitios de los que nadie jamás ha comentado.

 

Y es que un vaho invernal se cuela en todas partes,

la cuestión es andar pese a su frío,

reducirlo quizás a una voluta de humo

que surja de cualquier cigarro Camel,

dejarla en el andén del arrepentimiento,

mientras los ojos trazan en los rieles

un horizonte curvo y nada más,

pese al vaho invernal que nos envuelva,

que seduzca, que invada los caminos

del ayer y el mañana como si todo el año

fuese un mismo diciembre

y el tren fuera un instante

que nos muestre fugaz el infinito.

 

Estalactitas

 

Se acumulan palabras –duras estalactitas–

gota a gota del caos infinito.

Si acaso un día sus estalagmitas

llegaran a rozarlas, no habrá oportunidad

para violar el cuerpo del lenguaje,

como si penetráramos

aquellas grutas donde, muy abajo

–afirman los augures,  mudos de tanto azar–

hay un río que viaja en busca de su muerte

y colecciona barcos de miradas.

 

Visitantes curiosos manosean los colmillos sin filo

de estas cavernas donde, se imaginan,

encontrarán algún

testimonio de sus vidas pasadas.

No verán nada más allá de nubes

con formas imposibles,

o músicas tal vez, que la mitología

y los libros de Historia no incluyeron,

ni escribanos solemnes apuntaron

sobre las pieles de sus testamentos.

 

Un ardor de verano

 

Hay un verano que arde en algún vértice

de estos sitios extraños que se cruzan,

en un caos de tiempos

que se olvidaron cómo conjugar las anécdotas

con la imaginación que a sí misma se crea

y, como la memoria, reinventa lo que toca

 

Hay tanto arder, no obstante

esa desesperanza empaña los ladrillos,

las paredes, los quicios, las columnas,

de la guarida de esta desmemoria

que es el presente, que es el instante perpetuo

del andar a deshoras

en sitios donde el viento

desarregla sentidos,

palabras de la boca que le nombre.

 

Hay un calor juliano, 

nos envuelte, transita callejones y cuerpos

por el puro placer

de evaporar el agua que alimenta

todas las emociones.

 

Hace sudar al cálido corazón del deseo

mientras, en la distancia,

se les nublan los ojos a los puertos.

 

Esta guarida íntima

accede a las presiones del verano.

Las ventanas y puertas

se abren igual que poros de una piel forastera,

dispuesta a recibir a cualquier lluvia,

y capaz de inundar a las habitaciones

cuyos amantes pueblan de gemidos

la soledad añeja de sus muros,

se muerden entre sí tal si vivieran juntos

la penúltima noche del final de su mundo.

 

Hay un verano que arde,

un ardor que sucumbe, un despilfarro

de fuego que en el medio de la vasta humedad

se consume a sí mismo.

Es tanta la humedad

y el tiempo aquí, quemándose.

 

Una tormenta

 

Una tormenta llega al puerto que la espera,

colérica, avasalla los ramajes

de la calma que ayer alojaba calandrias,

inclusive recuerdos de mujeres

con miradas secretas.

 

En el cielo se anuncia una batalla

con trompetas de bélicos arcángeles,

se les escucha arriba

de las cabezas de los capitanes,

también de los marinos exhaustos de horizontes,

y los galeones hijos de la ruina.

 

Entonces el gentío se prepara,

escapa a refugiarse en sus guaridas,

con temor a derrotas frente a la tempestad.

 

Pocos son los que entienden:

no hay nada que temer, pese a tantos tambores

de batallas ficticias que amenazan

con futuros cercanos donde el caos

supuestamente vuelve a convertirse

en moneda corriente

durante la vendimia cotidiana.

 

¿A qué temerle, entonces?

Una tromba de sueños

en donde la tormenta con lluvia de temores

enceguezca a los hombres,

no es de modo alguno la verdad:

No hay horóscopos de aire

que puedan predecir los infortunios,

ni huracanes que vuelvan

a hundir embarcaciones 

de amores que agonicen hace mucho

en los escombros de agua,

toneladas de plancton, mar abajo.

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Del libro Ciego murmullo de ciudades portuarias (Ministerio de Cultura de Guatemala / Editorial Cultura, 2011), Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón 2010.

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Navegar es un pájaro de bruma

Selección

 And this thy harbor, O my City, I have driven under... 

Hart Crane


Para Bercy, luz y tierra a la vista 

Mano y puerta

El poema es una puerta

la llave

el movimiento de la puerta al abrir 

y el crujido

 

El poema es también

la sombra que sale de la puerta

con manos y puertas que se abren con sombras

de manos innumerables que salen     vuelven

a las sombras     las puertas y los puertos 


Mirando cierto muelle

Mira el muelle

la brisa que dirige a sus naves el deseo

la brisa y su ojo codicioso

la brisa y su entrepierna caliente

 

Toca el muelle

—su neblina araña rostros     oculta heridas

cuida los muros que levanta el silencio

la agonía     la ceguera del puerto—

 

Muerde la arena

degusta su pepita amarga donde ni Francis Drake

ni Morgan previeron nuestros pasos

donde sólo nos queda la memoria     ese vómito

marino


Las naves

Las naves que no fueron     las que nunca han sido

otra cosa que traficantes de fierezas

buscan un sitio en la memoria de hombres

pobladores de los muelles

 

sus esqueletos quedan ahora como cascos

habitación del óxido después de una batalla

vencedores de una pelea     víctimas de la hecatombe

del invencible tiempo

sangran    

la sangre es un río sin desembocadura    

el grito     una espina muda en la ingle

 

De aquellas naves ninguna dura     las arenas

hablan de capitanes y marineros que nadie conoce

los libros cuentan de ladrones     asesinos    

escoria de otros siglos     blanco del odio

y la indiferencia de estos días

ya el salitre recorre antiguos nombres     apellidos

que son moneda corriente en las calles

Ya el olvido recobra lo que le pertenece    

incluso la huella

que alguna vez dejaron esas naves en la brisa

para alabanza y gloria de sus héroes

 

Han pasado los años     sólo quedan

de las hazañas de fieros navegantes    

estas palabras que nada cuentan de ellos    

ni los alaban    

y esta obsesión de pensar que existieron 


La llama

Los que traen su vida a capotazos 

(amaestrada la llama)

puesta como un clavo en las venas

como un nudo en la cintura

besándole el cuello y los senos

memorizándole nalgas y piernas              

 

Son quienes el día que menos esperan

se despedirán con llanto y desesperanza

aun sin terminar sus agendas 

 

Más que un par de ojos 

Dos ojos no son sólo dos ojos    

ni una boca una boca

ni un libro de poemas un libro de poemas

un libro de poemas —por  ejemplo—

somos también tú y yo que avanzamos

a las aguas  vírgenes de un extraño mar

 

Un libro de poemas: el mar anónimo

en marcha hacia nosotros  —igual de anónimos—

para lavarnos el tiempo adherido como lapa

mientras el mundo acecha

desde las pupilas de un marinero en el muelle

y el verbo caminar de nuevo se conjuga


Pez boquiabierto

Luego del pez

el poeta caerá en su propio anzuelo de palabras

 

Amante del dolor

colgará su cuerpo de un alambre con púas

la carne gritará maldiciones

fantasmas que estuvieron siempre sin querer

 

Cuando el grito se suspenda en el aire

como una cuerda de violín

las escamas se abran a la tortura

no brillará la sangre del poeta como su lengua

sin infierno 

 

Diciembre

Con qué frío te nombrará el invierno

desde qué tren se despide la madrugada

y en qué rincón nos reducirá la fatiga

si apenas la ciudad cierra los ojos

permanecemos insomnes  

 

El mar enfermo

El mar es el murciélago     el perro     el conejo

(y otros)    que nos trajeron la rabia disfrazada

en viejos barcos      en modernos aeroplanos

El mar —necia Malinche —  no se termina

de pudrir      aún arroja huesos a la playa    

lenguas      piedras      Todo traduce     

menos tu vacuidad que sigue incógnita 

 

E(qui)vocación de Hart Crane

Cuando Hart Crane volvía para Estados Unidos, luego de  un viaje a la República Mexicana, se suicidó arrojándose al Golfo de México.

 

El agua es el vínculo que une a todos    

Manhattan desvirga  muchachos de madrugada    

cae la lluvia junto a los puentes y la luz artificial

donde Hart acostumbra caminar aburrido

 

Con un país y casi un siglo de por medio    

cae sobre mí la lluvia

los puentes cuelgan del pasado testicular de Monroe

del afecto a los americanos

llueve de extremo a extremo de los puentes

y cada lado une distintas incógnitas

 

Un cuerpo se pierde en su recámara    

otro se queja en el aguacero

y otro más ignora a los anteriores para beber

del Golfo de México un buche de tedio

 

Por la memoria de Hart Crane me ahogaré

en este vaso de agua 

 

El puente

El Puente de los Perros se extiende al infinito

su nombre puede ser una contradicción

las personas sedentarias piensan que –como ellos–

los perros no viajan     no huyen de la ciudad

 

Mas el viajero  —el nómada     el inconforme—    

tiene —dicen— patas de perro

el perro y el caminante son lo mismo:

al estar en un sitio recorren otro

 

El puente conecta la bahía con el Atlántico

Maqroll rayó en él sus iniciales con grafito

Caronte lo eligió para cruzar el agua sin mojarse

cuando estuviera solo

y por allí se incorporan

los visitantes de tierras extrañas

 

Algún día caerá el Puente de los Perros

cuando esto ocurra

todas las ciudades se hundirán en sí mismas

la historia del Nautilus se repetirá    

Babel será nuevamente dios y demonio

el campo y la ciudad serán mundos perdidos

y estas palabras ya no serán más

pero hasta entonces       el Puente de los perros 

indicará nuevas y viejas rutas

comunicará esta página con el viaje de nunca acabar 

 

El afilador de espadas

El afilador de espadas

siente la misma dicha que el constructor

o tal vez más

 

Acerca primero la punta de la lengua metálica

al cuello de la roca     —piensa entonces

en la mujer que dejó esperando—

acaricia la porosidad del esmeril con el filo

es tal su concentración que desaparece todo

en derredor suyo

 

La espada para él es un espejo

todo el que se refleja está signado por la sangre

 

El afilador de espadas ama el filo y el riesgo

quien ama espadas se eterniza

quien ama espadas

tiene los ojos entre las manos de los muertos 

 

Nada serás 

De tus libros en latín y griego

surge una fuente de imágenes (días híbridos

de ayer y hoy)

que te acercan el cuerpo y la razón

la desobediencia de Adán

como la de todos los poetas

 

Te obsequian como al dios que nunca fuiste

el corazón y la lengua de las cenizas

el vientre de una mujer que va a parir

el llanto y la risa de los infiernos

del sueño y la vigilia

el ruido y el olor de los muelles

a las seis de la mañana

el paso y las calles para que no te agites

los golpes que no podrás contar

en la tortura de la enumeración de cosas

y el conteo del tiempo

Y esta desesperación

por aceptar el desenfreno cotidiano

—el cúmulo de instantes fugitivos  


Mamífero arponeado

Por la ventana de un sexto piso descubro el aire

sin exhalar o inhalar miro su cuerpo

—mamífero arponeado con mensajes de amor    

pancartas de sexo y ecología     poemitas cursis    

exclamaciones de piedad y auxilio—

lo descubro y lo adopto

como el gesto que en mí se vuelve cotidiano 

 

Ciudad para qué

Frente al mar la ciudad es una sirena maldita

un grito que no petrificaron las gorgonas

y quedó entre las rocas del tiempo    

acechándonos

 

La ciudad en la tormenta viste de luto    

abomina toda veladora que encienda el relámpago

ninguna oración es válida

si la ciudad golpea mi ventana

y como respuesta se quiebran los espejos

la detesto     su amenaza me llena de frío 

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La confusión de las avispas

Selección

 

 Estamos perdidos. ¿En dónde fuimos engañados?

Popol Vuh

  

JAI Q

En esta mano

¿cabrá todo el odio del mundo? 

 

ÍDOLOS CAPITALES

Mis dioses son el olvido y la miseria

 

No tengo que invocarlos     sin embargo aparecen

cuando menos lo espero —fantasmillas de la soledad—

no tengo que construirles altares

están pegados     fieles a mí     mascotas calvas

 

Cuánto diera por mandarlos a la nada pero no funciona

no sé que hacer con estos hijos de la turbulencia y el fanatismo

 

LOS ALAMBRISTAS

Verticalmente     el movimiento de la sombra     la fuerza

de los muros    

sin cesar    

con gotear silencioso

vamos cayendo

¿o alguna vez nos movimos     alguna vez anduvimos arriba?

Nosotros     los trapecistas del tiempo y el lenguaje

los equilibristas de nuestro propio circo 

 

UN EMBOTELLAMIENTO DE TRENES

Supongamos que el día se embotella de trenes

las líneas ferroviarias confunden el camino

el camino confunde a las culebras

y las culebras nos muerden

 

Supongamos el descuido de dos cuerpos

que se funden sin querer como dos sombras que se

muerden al doblar la esquina     como

el que desconfía de las manos     como cuando nos hieren

las palabras al acudir a ellas para salvamento

y nos traicionan

 

Fugaz el viaje     no el camino

al final guardamos los cadáveres     las ponzoñas

las mordeduras en la camisa     entonces inventamos el pasado

y mejor aún: inventamos el presente

un antídoto: un veneno para otro

 

Ahora saco al tren de la botella

queda el vino que humedece al día

 

Con esta mordedura de serpiente     si me corto

el pie contaminado

dónde podrá la confusión tender su nido

dónde podrá el humo establecerse cuando no es en el aire 

 

UN RÍO CUALQUIERA

Sentado en equis tarde

a la orilla del río Champotón

dudaba al escribir este poema

decir que se trataba del Mar Negro o de cualquier otro

de cierto era el río Champotón

(un río que es todos los ríos las aguas y el desierto)

arrojé a la corriente un huevo de gallina

el huevo abrió al caer

yo dudaba acerca de la belleza:

mostrar el lado perfecto o el imperfecto de los cuerpos

dudaba en mostrar la cara o cruz de la moneda

decidí mostrar los dos lados al mismo tiempo

comprendí que no hay “el mismo tiempo”

que la belleza continúa siendo imposible 

 

LA CASA DE LOS ESPEJOS

No estás seguro de la realidad que esconde aquel parque

de su gente y el ruido que les bulle en el vientre

no estás seguro     las palabras clausuran calles     ventanas

 

Te gustaría que esto adquiriese la importancia de una muerte

        que no se puede reciclar

descubres que

este mundo     esta gente     esta hoja     estas palabras

son mundo gente hojas palabras por el mundo la gente las hojas

las palabras

el espejo  su costumbre de falsificar cuerpos protege el intento

de salvar a la tormenta del relámpago     de reproducir

una posible certidumbre en nuestras manos 

 

CHARCOS DE MEDIODÍA

En la fugacidad del charco al mediodía     el zopilote

confunde su reflejo con el reflejo del sol

demasiada luminosidad para sus ojos de sombra

demasiado reflejo para sus pupilas de moneda sucia

demasiada fugacidad para el sol

 

Mañana sólo habrá una porción de tierra cuarteada

una partícula con olor a zopilote y confusión de insectos

todo se perderá

 

Cuando pasemos por allí

ni las suelas de los zapatos recordará haber pasado

con nosotros encima 

 

MITOLOGÍAS

Juan y Juana

personajes del pueblo

comidilla de la hambruna lingüística

fueron creados del barro

han pasado milenios de su fundación mitológica

y continúan en su fango moderno

estiércol de un dios mitológico

¿Somos dueños del tiempo? 

 

LOMBRICES

Si fuera la ciudad un pájaro     sucio     hambriento

lo derribaría del vuelo a pedradas

y a lo mejor le torcería el pescuezo

mientras tanto

acepto nuestra condición de lombrices en el pico del ave


POESÍAS, POEMAS Y POESÍA

La muerte es sagrada dicen los sagrados

Virgilio ha muerto

Goethe     Safo     Miró     Pessoa

(el orden no importa)

Góngora     Cavafis     etcétera: actores

todos ellos han muerto     para fortuna      la poesía

y el resto del arte siguen viviendo a pesar de/ 

 

VESTIDURAS

Tan sencillo como decir tierra-mojada-con-cuatro-letras

lodo entre los zapatos     polvo húmedo y más mugre

encima del cuerpo

tan sencillo como el agusanamiento de nuestra piel

bajo el smoking

todo tan fácil como prender fuego a los almacenes

y mirar nuestros muebles gastados por el encierro

 

El deseo     tan estropeado como un mango entre las charcas

cuándo nos perteneció —o al revés— sin que algo interfiriese

 

POROSA

Al fin comprobamos     junto a pedazos caídos de un muro

paredes caídas de un edificio     edificios caídos de ventanas

sílabas caídas de palabras     afirmaciones inseguras

canibalismos artísticos y toda clase de ataques:

que es posible

cortar

prosa en

segmentos

y hacer prosa de los poemas y ciertos segmentos

(¡Salud! Descubridores del hilo negro) 

 

LA HUMEDAD DESCOMPONE A LOS INSECTOS

El aguacero se hunde entre la gente     se enferma de gente

innumerables charcos miran la enfermedad de las cosas

el contagio aferrado al aire que gira —mosca sobre los festines

de cada día—     sobre la enmendación de los errores

 

Imposible

salvarse de la humedad y la descomposición

evitar que los objetos brillen bajo el fuego

 

Cuánto según la Biblia lleva el agua postura de muerto

entre nosotros

cuándo según nosotros debe tener la Biblia entre los muertos

 

Si entre los ríos menos turbios     viboritas andamos

equivocando las piernas para morder y mordemos

los peces equivocados

cuánto heredará un libro bíblico bajo la corriente de los ríos

en espera de cualquier orden o señal de desbordamiento

 

Hoy que el aguacero camina entre nosotros con máscaras

que los ríos colman     se enturbian y pueblan las calles

como la tradición de los ríos de enturbiar

y poblar las calles por puro  deseo

hoy que el agua y nuestro paso nos voltean la cara

que sabemos ya no ser polvo ni agua enamorada

sino todo lo contrario     qué desintegración hará salir de los cuerpos

al aguacero     qué desintegración nos hará salir 

 

LO SABEMOS: EL MAR TEJE Y DESTEJE REDES

Lo sabemos: el mar teje y desteje redes

remolinos para los hambrientos

sabemos que las barcas se desmiembran    que todo se

        desmiembra cuando la sal calla

 

Así los mariscos guardan silencio para destruir el agua

que los publicó al mundo y la sal —mitología bíblica—

nos petrifica o nos agusana y empolva 

 

El mar nos llena de tormentas     de ciudades     de sudores

alternos al nuestro

encontramos a los amantes dormidos después de la cópula

después de reproducir la sal en sus gemidos

 

Lo sabemos

el miedo impide recalcarlo 

 

LOS GESTOS DEL ANONIMATO

Tal vez nos equivocamos al bautizar las cosas

al exigir un corazón     un alma     un pretexto

cualquiera para creer en lo eterno

 

Si al despertar somos un objeto sin objeto

sin al final distinguiremos a la ele minúscula

de la ele mayúscula

si después de todo resulta que la ele sirve para repetir

que lamemos con la lengua de lo mismo

qué importa

 

Al invocar al azahar nos responde el azahar

nos reconstruye entonces el aroma del azahar solamente

no somos quienes dicen del azahar nada

sino quienes insisten en darle otro lenguaje además del aroma

 

Y nos equivocamos de nuevo     caemos a tierra

después de abrazar el humo

ante la fugacidad de los objetos las piedras no tienen tiempo

la piedra tiene la edad de la piedra y la edad de las piedras no importa

 

A qué res atrapamos al arrojarnos sobre la carne

lo que desaparece es la palabra carne

lo que se transforma es la palabra y el producto de nuestra rara transformación es el estiércol

nadie dijo que el estiércol deje de ser carne queridos carnívoros

al fin y al cabo construiremos el anonimato que habita el suelo

y las nubes


VAN GOGH ORINA SU SOMBRA

1

Entre las paredes más sombrías     más desesperantes     guardamos lo deseado     lo que alguna vez fue cuerpo     memoria

A nadie maravilla Van Gogh con su locura asomando por los poros     con su autodetestada fealdad perdida entre las líneas de cada lienzo     de cada agresión

Quién se maravilla con la belleza cuando la ve perniabierta     desvirgada en algún lodazal

qué belleza es la que vemos como una mancha de estiércol en el piso     como un pintalabios derretido en el espejo 

 

2

En el polvo que fertiliza las paredes     el nido de la araña     las manchas de orín en los rincones     la mujer insaciable entre sueños     el hombre que sueña perder su periodo refractario

en los fragmentos de voz sobre las cortinas     los olores del vómito     las cáscaras de limón junto al madero

en todo esto la madrugada olvidó sus creaciones

 

De las mitologías más antiguas: la belleza

qué hacerle a tanta autodestrucción de espejos     a tanta risa en sus añicos

 

Entre las paredes de los manicomios cúbicos   a qué libertad geométrica jugará la locura


ESTACIÓN DE AGUA

(Durante los últimos dos o tres años de los noventa surgió al norte de México un tipo de música bailable llamado “quebradita”, extraña mezcla de ritmos de la música folclórica mexicana, con un notable acelerón de actualidad. Semejante al tango argentino, la “quebradita” exige fortaleza en el hombre, flexibilidad en la mujer y resistencia en ambos. Contrario al tango, que adopta una tristeza con trágica elegancia, patética, la “quebradita” lo hace con una agitación cómica que, muy adentro, mantiene una ironía.)

 

Conmovidas las piernas     los brazos —homenaje al Manco de Lepanto—     homenaje al ritmo de los bailarines     no al de los poetas: una pareja.

La pasión ostenta el roce     apresurados movimientos como en ciertas cópulas o masturbaciones.

Ella es un instrumento del poder     objeto que acepta las trayectorias de la piñata y el péndulo.

Él es un instrumento del instrumento     una debilidad ante su propia fuerza.

En pareja puede ser de este modo     o a la inversa (ya en dos piedras o animales o cualquier cosa).

En parejas     una piedra no sabe lo que contiene la otra pero se ponen de acuerdo.

Conmovidas las piernas     la quebradita es un ejemplo: ella una bandera     él un mástil (o al revés).

El más grande ritmo es la inmovilidad. 

 

SUEÑO QUE SE PUDRE

Cuando dormimos el cuerpo se pudre

todas las madrugadas somos un cuerpo que se pudre

a la ciudad le brillan los dientes     los huesos y la carne

 

Se descompone el día     hiede como la oscuridad

se descompone la respiración

los sentidos     el cerebro     se pudren

la ciencia     el arte     se pudren

 

Duele ser una pieza rota del ajedrez     un órgano mal trasplantado     una puerta falsa

de qué tiempo     paralelo al nuestro     de qué madrugada

viene esa gente con sus torres de marfil y pudrición a cuestas

 

VERSIÓN PARA ADELITA

Recordarás haber caminado por los valles de México

el corrido olvidará quién te grabó en los oídos de los muchachos

 

(“Y se oía/ que decía/ aquel que tanto la quería”)

 

Recordarás haber odiado a Huerta “el usurpador”

pensarás que la gente no decide la confusión de Zapata y Villa

que ni en la sopa la vaca deja de ser vaca

los caldos de pollo no ocultan su sabor bajo la manga y tanta sal

en el caldo se vuelve odiosa como odioso el caldo en la traición del     frío

 

Recordarás haber perdido tu virginidad en una canción

sentirás que no hizo falta venderse al pleito entre víboras    

que no valió la pena vulgarizarte entre nosotros

 

La niebla todavía es inquilina

(Adelita ve caer un aguacero y mil rayos y relámpagos) 

 

LA LUZ TIENDE TRAMPAS A LOS ILUMINADOS

Mal entendida la carta

distorsionado el sentido de las aguas

el calamar ciego cree ver     la ballena sorda escuchar

cuando sobran los ojos y los oídos

 

El agua de la pecera es semejante a la del mar pero ridícula    

Simultánea     simulada y más ridículo el pez que la confunde

 

Al tocar las honduras con el nado no es necesaria la luz

sobran el aire     las extremidades     el sol bajo el peso     la humedad

 

En el embrollo de la corriente nada se alumbra

la luz tiene trampas a los iluminados

el sonido confunde     el silencio confunde

confunde la palabra y el castigo es imposible

la palabra juez no tiene dueño     las cartas no tienen remitente

ni destinatario


De: La confusión de las avispas, CONACULTA / Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1997.